Urbanae, Capítulo VI

Posted by Jack On 11:03 0 comentarios

La luz de media tarde se coló de lleno por la ranura que hizo la puerta de la azotea al abrir, cada vez más grande e inquisidora. Era un sol de verano, como el del día anterior, y el niño de feroces ojos verdes atravesó la puerta, seguido de cerca por un cachorro de sabueso negro como la noche. Dio unos pasos, sostenía una pelota gastada en la mano. Elevó el rostro, y la brisa lo abrazó y besó con furia, al baile de sus cabellos rojos.

Tenía los ojos cerrados, y por algunos instantes se sintió flotar. Miraba directo al sol, y un pequeño halo de fuego se formó entre la estrella y el ojo. Quería atrapar esa luz, sin entender bien porqué, sin necesitar entenderlo.

Cuando la euforia del viento pasó, los párpados se abrieron, y sobrevino la sorpresa. El mundo de las azoteas era completamente distinto al de las calles. A lo lejos se podían apreciar muchas, en todas direcciones. Algunas tan altas que tocaban al cielo, como mordiéndolo. En otras había gente, como estaba él ahora. Dos abuelitos en plegables tomando sol, una chica con una libreta, era precioso y extraño, un reino que se extendía por sobre la piel de asfalto, el reino de las azoteas.

Los ladridos del sabueso azabache le trajeron de vuelta al lugar y el momento, y tras rascarle la cabeza se dispuso a lanzar una pelota de caucho roja. Rebotó en el amplio techo, una, otra vez, cada vez más acorralada al vuelo por el pequeño can. La trajo de vuelta, y Lucas la volvió a lanzar.

A momentos seguía mirando a las personas a lo lejos, metidas en sus propios dilemas, sus propias islas y laberintos. Los vibrantes ojos verdes se quedaron atrapados en una cúspide a lo lejos, llena de plantas y bancas pequeñas, adornada de estatuas blanquecinas.

Cogió la pelota en inercia y la volvió a lanzar, pero aquel mundo salvaje, enjaulado en otros mundos, como estaba, retuvo su atención sin quererlo.

*     *     *

Se sentó en la cama con mucha calma. Sin pulseras y sin manto, el rey se paseó por el dormitorio, atrapando los resquicios del aroma a cariño. Eran pasado las tres.

En su forma peculiar, podía adivinar exactamente que cosas habían ocurrido mientras había estado durmiendo, como cada día durante los últimos años, mientras el sol estaba en su apogeo. Ese era su momento para descansar. Cogió un balón de futbol americano, y se fue escaleras arriba. Las sandalias guerreras las habían sustituido dos sandalias de playa, y se acariciaba el pelo con los dedos mientras sostenía el balón por el lado fino, atravesando hileras e hileras de puertas, todas disonantes entre si.

La puerta de la azotea estaba abierta de par en par, y el sol de la tarde extendió su sombra hasta varios pisos por debajo. Se detuvo en la puerta, y miró al niño pelirrojo en silencio, largo rato sólo le estuvo mirando sin mirar, con la sonrisa fruncida y los brazos cruzados en el pecho, como se mira a los hijos jugar.

*     *     *

Lucas se levantó poco después de mediodía, y estuvo deambulando por las plantas inferiores del edificio, el tiempo se le hacía eterno y buscaba algo que hacer. En un cuarto abierto del primer piso había muchas chicas, todas mayores que él, probándose vestidos ceñidos y tocados de plumas, frenéticas y sonrientes. Sintió curiosidad, pero aquellas carcajadas le dieron la impresión de ser mejor marcharse silenciosamente.

Fue mientras se iba de puntillas que notó la puerta con aroma a tréboles y lanzas. Sólo había visto tréboles en caricaturas, ni que decir de lanzas, pero la sola esencia de aquella madera le hizo pensar en ambas cosas, y ahora tenía que resolver el misterio. Hubo un instante de preocupación, las puertas cerradas eran más que imponentes para los niños. Cogió la manilla y la giró, y una luz roja y cepiosa, inmensamente suave, atrapó su piel y sus ojos. Tréboles y lanzas, sin duda, fue lo primero que pasó por su cabeza.

Había una mesa pequeña en medio del cuarto, con una tetera de porcelana y dos tacitas. En la pared contraria a la puerta había una ventana más ancha que larga, cubierta por una cortina de color café claro. Entre la ventana y la brillante mesita, había un sofá, y fue hasta que los ojos de Lucas cayeron en el, que notó a un anciano de sonrisa curiosa y barba en punta sentado. Pasa, le habló el viejo con un tono suave, tras encontrarse con las pupilas del niño.

Entró, y la puerta fue cerrada por una sirvienta de ojos cafés. 

_Eres nuevo aquí, ¿Me parece? -El viejo hablaba con naturalidad y confianza, a momentos trazándose la barba blanca con los dedos-
_Si, me ha traído el rey cambiante anoche. -Lucas estaba sobreintimidado por el anciano de pantalón y corbata café, e intentó mantenerse cerca de la puerta, en vano, pues la sirvienta le obligó a tomar asiento en una butaca que hacía frente al sofá-
_¿Anoche? Milena, ¿Por qué no traes más té, y te sientas con nosotros?

El viejo terminó su taza de té mientras la muchacha se llevaba la tetera y el cuenquecillo del azúcar, para recargar ambos en la pequeña estufa del cuarto. Primero que nada, yo, soy el caballero verde. O era, a todos nos llega el otoño alguna vez, dijo el hidalgo, para luego colgar una sonrisa arrugada en sus labios. Y lo que te voy a contar, carraspeó e hizo una pausa, mirando a la mucama, y mantuvo el silencio hasta que esta volvió, y se sentó a su derecha, es la historia de este lugar. Milena era demasiado joven entonces, así que esto puede servirle también.

Fue cuando todos éramos mucho más jóvenes, y la ciudad entera era diferente. Digamos que había aun viejas casas de madera en zonas internas de la ciudad. El rey cambiante y la dama de valencia ya estaban juntos, pero, aunque vivían ya en este edificio, no había tanta gente, y todo era bastante distinto entre los muros.

Ellos eran diferentes también. Cuando los hechiceros aparecieron y encendieron la ciudad en aquel terrible incendio. Fue un infierno, -Dio otro trago de té, y entonces un largo suspiro- e hizo falta astucia y valentía para ponerle fin. Las alarmas, oh, dios… Había alarmas y gritos por todas partes, y no sólo el rey y su mujer hicieron su parte. Los bomberos, la gente misma. Estoy seguro que esos malditos magos no se esperaban que la gente fuese capaz de olvidarse a si misma por los demás.

¿Magos? Susurró Lucas, sólo para ser reprendido. Guardó silencio, y el caballero verde siguió hablando.

Amaneció, y entre las cenizas la hierba volvió a retoñar, como era de esperarse. Sin embargo, había muchos sobrevivientes sin hogar. Estaban vagando, entre perdidos y desahuciados, y el rey poco a poco les fue trayendo aquí. Tiene el magnetismo necesario para que personas muy diferentes se puedan entender, y de alguna forma, los mundos que existen tras las puertas de este lugar, se tocan en él.

Ella, por otro lado, fue quien hiló todos estos mundos. Tiene el talento para tejer ilusiones, y esas manos blancas convirtieron cuartos en sueños vivientes, ajenos entre sí -Lucas le miraba un poco extrañado. Este cuarto era completamente diferente del de los girasoles con la mesa azul, donde habían desayunado, y ambos estaban de alguna manera vivos, pero no alcanzaba a imaginarse lo distintos que unos mundos podían ser de otros, aún-.

¿Cómo crees que unas cortinas, que un cuadro de un caballo, que una tetera blanca, podrían dar vida? El caballero otoñal sostuvo la pregunta en el aire, aun en el instante de silencio que se formó después.

El caballero del otoño tenía los ojos verdes como Lucas, pero eran diferentes. Eran viejos, como cubiertos de aceite, eran unos ojos tristes, vivos pero tristes, habían visto muchísimas batallas, y habían atravesado el garrote del aprendizaje día con día. Los ojos aceitunados se cerraron mientras Lucas se levantaba. Escudero, pensó. El nombre de su cachorro, Escudero.

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