Urbanae, Capítulo V

Posted by Jack On 9:14 0 comentarios

Desde el extremo de la habitación y a través de su pelo oscuro, la dama miraba un lienzo en blanco. La mañana se estaba tornando tarde ya, y en el balance de ventanas cubiertas y descubiertas con el que ella había experimentado tanto, la luz se colaba a tonos suaves en el cuarto donde creaba. La música era suave también, a la vez que embriagante, y la batería se hizo marcha cuando cogió las pinturas.

El pincel, como encantado, bailaba y trillaba sobre la piel blanca, pigmentando. Entonces desapareciendo del escenario de las yemas furiosas, que habían pintado girasoles, y cielos estellados, y mares muy profundos, todos profundamente vivos. Todos capaces de evocar el recuerdo más claro y marcado, las cicatrices más oscuras, de un tono cepia nostalgia. ¿Por qué pintas? Le había preguntado el rey una vez. De cuando en ocasión, cuando lo hacía, recordaba aquellas palabras. Si los pájaros volaran por la inercia de volar, lo que hacen no sería hermoso... Vuelan para llegar a un lugar, y la belleza de aquel vuelo es tal, porque en sus ojos cabe el cielo entero, porque sus sueños abarcan el alba y el ocaso.

Describía suaves movimientos curvos con sus dedos, dejando rastros y líneas de pintura, al eco de la voz susurrante que poseía el rey cambiante. ¿Querrías ser mi golondrina? Quizás, si volaras con una razón... Quizás tu abarcarías en tus ojos, al universo entero...

En aquella tarde, sus dedos canela tuvieron un ídilio con los cabellos suaves de la chica a la que apenas conocía. Él la miraba con unos ojos curiosos, maravillados y tranquilos. Habían visto mil cuerpos tal vez, pero cada tarde volvía a descubrir el de ella, con la emoción de un niño. Con los ojos que trazaban mapas invisibles en la piel, con los dedos y el compás etéreo de algún vals, que empezaba y terminaba en el silencio, en cuyas entrañas se escondía el universo. Así la hacía sentir.

Todo lo que tenía cuando aquellas palabras fueron pronunciadas eran bustos y retratos, cosas muy bonitas, pero sólo bonitas. Una tarde, tras volver a conocerse el uno al otro, ella pintó, entre exhausta y contenta, durante algunas horas, y cuando se hubo levantado, él únicamente dijo, está vivo. Con aquella postura tan tipica suya, una mano en la cintura y la otra colgando junto al cuerpo, lo miró durante unos segundos, tragó saliva, y dijo,

Está vivo... Es la nada, y la nada, con el universo completo, oculto en medio, justo a la vista.

Estaba totalmente llena de noches en vela, juntos, en aquella habitación, con una botella de vino y un libro de poesía. El libro, con un girasol pintado sobre la lúgubre portada de cuero, aún estaba allí. Él era humano, y quizás la primera habilidad que había descubierto en si misma era la de sacar esa humanidad a relucir.

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