Urbanae, Capítulo IV

Posted by Jack On 16:48 0 comentarios

El rey silbaba. Caminaba delante, con un paso algo torpe y algo despreocupado. Las imágenes del autobús se repetían una y otra vez en la cabeza de Lucas, no lograba superarlo, el intenso rojo sangre permanecía claro en sus ojos. Desde aquella perspectiva sus manos se veían abultadas dentro de los bolsillos de sus cortos, dando al manto que caía por sus caderas el aspecto de una cola suave. El cielo nocturno comenzaba a aclarar, y las luces eléctricas poco a poco iban destacando menos en el celeste, las últimas horas de la noche. ¿Que pasa muchacho? Vas muy atrás. Con la cabeza aperfilada, el rey le miraba por el rabillo del ojo. Aquel ojo negro recorrió a Lucas de pies a cabeza, y como intuyendo lo que pasaba, comenzó a hablar, sin dar otro paso, ni girarse.

La ciudad demanda un tributo de todas las personas que existen en ella. De todas las que desean la protección, el concilio. Tragó saliva. Pasa el tiempo, y entre más se deterioran aquellas almas, lentamente comienzan a convertirse en sirvientes.

Hizo otra pausa, sus ojos se desviaron hacia el cielo, y luego volvieron a Lucas. Primero son victimas, eventualmente son victimarios. Empiezan huyendo de los peligros que representa la noche, pero en algún punto ellos se pasan a ser parte de aquellos peligros. Los que vimos hoy son rugientes. La, digamos... Se mordió el labio entonces, el cielo seguía aclarando lentamente, tras lo cual hizo un leve gesto de negación. Estamos ya muy cerca Lucas, vamos.

¿Los sirvientes de quién? La pregunta del niño fue completamente ignorada, y sin remedio volvió a caminar. Siguieron andando por la solitaria avenida, hasta que el rey viró en el callejón lateral de un edificio envejecido. Dentro del edificio subían unas viejas escaleras de servicio, con escalones que crujían a cada paso. El cachorro estaba dormido, y Lucas tenía los brazos sudados por la lana azabache del pequeño. Segunda puerta a la derecha, había un pequeño cuarto con un sillón de cuero negro en el centro, y una pequeña mesita con dos botellas de ron y una de brandy sobre ella. por las ventanas forradas de tablas se colaba la luz celeste anterior al amanecer, y el rey se acomodó en el sillón.

_Ya estamos aquí muchacho, ya estamos aquí. -Lucía cansado, a medida que se hacía de día, el rey cambiante se veía cada vez menos enérgico. Tenía el rostro recargado contra los nudillos, encorvado hacia delante en el asiento-
_¿Es esta tu casa? -Susurró Lucas, colocando al cachorrito dormido a su lado, sentándose sobre la alfombra del salón-
_La tuya también, si ella no tiene problemas con eso. -Le miraba con los ojos apenas abiertos, los pies cruzados y el ceño fruncido de cansancio-
_¿"Ella"? ¿Ahora soy "ella"? -Los ojos del rey, como un relámpago, subieron, junto con los de Lucas. Que justo después dejó caer su quijada un poco-

Recostada contra el portal, sonreía. Esbelta y grácil, tenía el cabello largo y ondulado. Vestía un camisón corto, y sobre el una bata larga, bordada de girasoles. Hola cariño, atinó a decir el rey, con los ojos algo más abiertos. ¿Tienes hambre guapo?, asintió. Ella miró a Lucas, le sonrió, cruzando los brazos sobre el estómago. Él susurró su nombre, y esperó a que ella le respondiera. En lugar de eso se giró y se marchó andando por el pasillo,  seguida de cerca por el rey y el pelirrojo.

En algún lugar del tercer piso había una gastada mesa pintada en celeste, con dos vivos girasoles en un pequeño jarrón. En las paredes había lienzos con valles verdes y flores intensamente vivas. Hacía un poco de frío en todo el edificio, pero estando aquí Lucas lograba sentir un poco de calidez en el cuerpo. Sentía el verano en el cuerpo, sentía como se colaba en sus venas, como le llenaba de aquella energía infantil, los recuerdos son siempre más fuertes que las personas haciéndolas levitar, o derrumbarse, le diría más adelante el rey cambiante.  

Con estudiada práctica, la mujer de los girasoles trajo una cacerola hasta el centro de la mesa, mientras un rey graciosamente adormilado puso la mesa para los tres. La vajilla blanca daba un agradable contraste con las flores y el azul de la mesa. Lucas se sentía a destiempo, llevado fuera de época. Los dos se dedicaban miradas cómplices y risueñas, mordiéndose los labios y luego disimuladamente volviendo la mirada a los platos, mientras el brillo celeste de un nublado amanecer se colaba por la puerta desde otra habitación, resaltando sus rasgos.

_¿Lucas, cierto? -Le habló la mujer, con los ojos fijos en él-
_Si señora, -El niño alternativamente le sostenía la mirada, para luego hundir el rostro en el plato de frijoles rojos-
_Yo soy la dama de valencia, y me encargo de mantener todo en orden aquí, si mi marido no te lo ha contado -Su mano buscó la de Lucas, cogiéndosela suavemente-

Hubo silencio. La piel de la dama era tersa y clara, con un aroma delicado desprendiéndose de ella. Tenía un tacto atrayente, como para vaciar del todo la mente de Lucas, hasta ya no existir siquiera la comida frente a él. El rey también tenía los ojos fijos en ella, lo cual tras otro par de segundos la hizo deslizar su brazo lejos del de Lucas.

La cena, que más bien podría ser desayuno terminó con poco después. El rey se había agotado en solo una cuestión de horas, y razón que hubiere, entre más brillaba el sol, él parecía estar más somnoliento y cansado. La dama le miraba, no alarmada, más bien dulce.

Desde la cama, el chico pelirrojo podía oír claramente. El edificio era complicado y lleno de habitaciones, razón para darle un espacio junto al que ocupaban ellos. El rey sonrió al muchacho, y tras acomodarlo en la cama, lo cubrió con el manto que usaba en torno a su cadera. Pasó algún tiempo más, y pudo detallar el cuarto. La cama no estaba recta con ninguna de las paredes, sino más bien atravesada, como una línea diagonal que saliera de una de las esquinas. Los muros y el techo estaban pintados de azul celeste, rematados con el dibujo de varias golondrinas y palomas al vuelo. Había una ventana, en el muro a la izquierda de Lucas, y en la puerta había dibujada una regla, de esas donde los niños miden su crecimiento.

Cerró los ojos, y lentamente aguzó el oído, hasta poder escuchar a la pareja en el cuarto de junto. Sentía sus susurros, y así imaginaba sus movimientos. Iré a lavar las cosas, que luego se levantan todos y empieza el desfile de quejas.

_No, -Respondió el rey, con voz tenue. Lucas lo imaginaba acostado en una cama algo desarreglada, como el sillón donde había estado antes. Y a ella, a medio camino entre el marido y la puerta- aun tengo un poco de energía, déjame acurrucarte un poco, luego habrá tiempo...
_De acuerdo... -Hubo un ruido leve de pasos, luego el rechinar suave de la cama-

 El susurro mudo de la ropa, y entonces silencio. Abrázame... Juraría haberlo escuchado, pero no sabría si había sido su imaginación. Pasaron los minutos, con dulce calma, y por la cabeza del pelirrojo pasaron mil cosas más. Besos, caricias. Se tocaban las barbillas, se susurraban cosas, se encontraban y se perdían a cada instante. Él no lograba despegarse de aquella piel, como tampoco Lucas había podido antes. Ella lo aprisionaba, lo mordía, para luego pedirle perdón con sus dedos, perdidos en el cabello negro del rey, pero entonces no comprendía si todo había nacido en su cabeza, o en el universo de al lado.

_Si tan sólo estuvieras, un poco más en casa... -Esta si era la voz de la dama, igual al perfume suave que desprendía de su piel- Podrías preñarme de los hijos que me prometiste, al casarnos... -Lucas sintió vergüenza. Estaba solo en su cuarto y ellos no sabían que podía oirlos, pero se sentía avergonzado de estarlo haciendo, acusado por si mismo-
_Si yo estuviera más seguido en casa, querrías que me marchara. -La voz del rey estaba agotada, pero había un dejo de sonrisa en ella-
_Eso es una tontería, -Se sentó en la cama, y ahora le miraba acostado, mientras la mano de él envolvía su cintura, desde atrás- me encanta estar contigo y lo sabes, así que no me vengas con cosas -Su tono se había vuelto más severo, y de pronto había vuelto a decaer-
_¿Estás segura? -Aún sin conocerle demasiado, Lucas imaginaba al rey intentando calmarla. Aún tenía la mano en su cintura, y el pulgar se movía arriba y abajo, apenas a poquitos, acariciándola. De nuevo hubo silencio, pero el muchacho creyó untuir un en respuesta, susurrado tan suavemente, que sólo su estela llegaba al aire. Él tragó saliva, y se sentó junto a ella. Le dio un beso, y le susurró al oído- Ven aquí... Durmamos un poco, ¿De acuerdo? Cuando me levante haremos algo al respecto.


Hubo suspiros, más roce, y luego nada. Algo había entrado bajo la piel de Lucas cuando había tocado la de la dama, sin saber bien qué. Ahora la niebla del sueño lo estaba venciendo, y poco a poco se quedó dormido él también.

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