Pasó el tiempo, y el sol siguió su ruta en el cielo. El rey dormía, la dama no. Quería estar con él, por eso estaba allí, pero ella había dormido durante la noche. Con la cabeza en su hombro, ella estaba acostada cruzada sobre su pecho, y las manos canelas estaban en su nuca y su cintura, sosteniéndola donde pudiera escuchar su corazón, con su marcha embriagante. Posiblemente por haber conocido a Lucas ese día, ahora pensaba en como había conocido a su marido. El rey era años mayor que el pelirrojo cuando ella le había visto por primera vez, pero aún no había llegado a los veinte años.
Hacía frío, estaba en pleno un invierno frío, mucho, muy frío.
Los copos caían lentamente, acumulandose en cada calle, en cada esquina, muy despacio helando los corazones. Ahora todo eso parece distante, de la lejana época en la que ambos teníamos nombres. El tiempo de las tonterías y la aceptación, lo fue también. Es sorprendente, aún hoy, como un montón de rubias me convencieron de hacerle brujería a un chico. Amor eterno, que coñazo.
Con los tejanos negros y las botas a las rodillas, la futura dama de valencia tenía los puños metidos en los bolsillos de una enorme chaqueta de diseño militar. Los rizos negros ondeaban al brutal suspiro nevado. Estaba un poco agotada del esfuerzo de caminar en aquel desierto albino, que ahora ahogaba las flores y el cesped.
Obstinadas, marmoleadas lápidas se resistían a ser enterradas bajo los copos. Largas hileras de obeliscos enanos, desperdigados aquí y allá, y a lo lejos, las luces de la ciudad, tenues y ajenas. En el cementerio ese, hay una tumba. Es una adolescente que se mató por un chico, tuvo algún renombre por eso. Si le llevas un regalo, y dejas un papelito con el nombre del chico al que quieres, ella lo hará tuyo.
Habían insistido mucho, e insegura, ella cedió al plan. Y allí estaba, pasando frío y buscando a la muerta esa, necesitaba a ese chico, a ese... Era casi gracioso visto en perspectiva. Andaba por allí a zancadas, con una ramita en la boca y unas gafas oscuras, bravucón de oficio, hablaba poco y se vivía haciendo poses en todas partes. Una chaqueta de cuero negro y unos vaqueros clásicos, se pegaba con absolutamente todo el mundo. La última vez que le había visto, sus instintos pugílisticos le habían puesto a preparar hamburguesas. Pero aquella noche oscura, de cielo cerrado y suelo diamantino, ella estaba allí.
Alternativamente miraba a lado y lado, en busca de la tumba decorada con regalos. Hubo una ventolera, su cuerpo entero, desde los oídos hasta los huesos, se llenó de vacío y ruido. Cuando el torrente se hubo disipado, sus oídos volvieron a aguzar, por breves instantes el susurro de la tormenta amanió, y ella pudo escuchar todos las voces del camposanto. Una niña lloraba, y otras voces gemían y reían en silencio, alternativamente. Siguió las voces con los ojos, y luego con los pies.
En la esquina formada por los muros de dos mausoleos infantiles, una pequeña, de trece o catorce años, estaba tirada sobre la nieve, de piernas abiertas, hecha un ovillo. A su alrededor había tres chicos inmensamente más grandes, que la miraban a ella, se miraban a si mismos, se preparaban para el banquete. ¿Qué le estáis haciendo? Susurró la chica, en un asalto de inocencia. Las miradas bestiales se clavaron en ella, primero con terror de haber sido encontrados y vistos, luego con la seguridad del número, después de todo, los muertos no hablan.
¡Cogedla, mierdas! Gritó uno de los monstruos, echándose a correr en la dirección en que yacía estupefacta. El ladrido sacó del trance a los otros dos, que le siguieron, trotando furiosamente sobre la nieve. Corrió de ellos, tan fuerte como pudo. La honda nieve le torció el pie, la otra pierna se acalambró, y siguió tan rápido como pudo. Fue decreciendo en velocidad, hasta que las piernas lastimadas y la respiración sólo le permitián arrastrarse hacia atrás. Oh, la inmadurez... Hoy les habría plantado cara, los habría dejado morados a todos.
Las bestias, olisqueando el aire, la fueron rodeando. Tenía la espalda contra una lápida, rematada por la estatua de un ángel agachado. La luna comenzó a aclarar, y aun sin girarse, ella pudo ver en los ojos de las bestias el reflejo. El ángel de la lápida se irguió sobre la piedra, y miró silenciosamente a los tres asaltantes. Estuvo así, y entonces bajó de la lápida, primero poniendo una pierna en el suelo, grácilmente, y luego terminando de dar el paso.
No era de piedra, su carne era de un canela acogedor. Aún hoy, ella no alcanzaba a recordar bien lo que había ocurrido. El miedo la había paralizado, y durante varios minutos tuvo la vista fija en el manto purpura que él tenía amarrado a la cadera.
Se giró, y ella pudo verle a los ojos por primera vez. El cabello negro volaba con la brisa nocturna, y el rostro, rematado en la quijada, presentaba la imagen de un diamante, con ángulos rectos a los lados, y entonces hasta la barbilla. Primero los ojos bien abiertos, luego los cerró un poco, y ladeó la cabeza. La nieve había perdido importancia, el frío se había desvanecido un poco. Se miraban, él apretó los labios, en algo parecido a una sonrisa, que ella sostuvo durante preciosos instantes. Se fueron caminando juntos, y nunca volvieron a separarse en verdad.
Había pasado casi una decada. Había sido a momentos díficil y a momentos mágico, y simplemente eran felices. Había descubierto la manera de tejer ilusiones, había magia en todo lo que ella tocaba con sus dedos.
Ya por completo desperezada, ella se irguió en sus brazos, con las piernas aun recostadas en la cama, y le dio una larga mirada. Pensó otro poco, le besó en los labios y volvió a recostarse sobre él. Eran cerca de la una de la tarde, pronto el dominio del sol empezaría a ceder, y el rey empezaría a despertar.
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