El motor del autobús emitía un rumor muy suave. Sentado hacia la ventana, Lucas miraba embobado el serpentear del rayado en la vía. Estaba sentado junto a su amigo recién conocido, quien entre evasivas se había autodenominado el rey cambiante. Este último tenía las piernas cruzadas y el brazo izquierdo a lo largo del espaldar del asiento, y entre sus manos sostenía un libro que decía ser muy bueno, con las tapas desteñidas y los hilos salientes por el lomo. El conductor era amigo del rey, y así también los dos ancianos que iban sentados en otros lugares del bus. Los asientos eran amarillos y rígidos, aunque pretendían ser ergonómicos.
Las luces de la ciudad se sucedían una a una, esquina tras esquina, como preciosos luceros. Los postes, y los letreros brillantes, y los focos de las vallas publicitarias, había demasiado que mirar y muy poco tiempo a la velocidad que llevaban. El niño pensaba cada vez menos en su casa, este mundo le maravillaba y le absorbía de manera completa. A ratos miraba a su amigo, tan sólo detallando sus facciones.
Todo ocurrió en fracciones de segundo, todas las tragedias eran así. Atravesaban un tramo de calle más oscuro, cuando Lucas pudo ver, espasmo por espasmo, como una piedra del talle de un puño volaba a través de la oscuridad. Parpadeó instintivamente, y antes de abrir los ojos sintió estallar al cristal, y los abrió a tiempo para ver caer al conductor de su asiento. Con las manos aún en el volante, al caer el chofer le dio un último tirón, haciendo al bólido estrellarse contra la columna de un edificio. Las imágenes y los sonidos se descompasaron totalmente.
Lucas estaba completamente aturdido, sentía la cabeza tambalearse por si sola. Sólo podía escuchar su propia respiración, sus propios latidos. Dos hombres subieron al destruido autobús. Iban primero iba descalzo y sin camisa, tenía los ojos inyectados de sangre, así como la nariz enrojecida, y unas ojeras carmesíes bajo sus ojos fundidos. Agitaban las cabezas nerviosamente, y les temblaban las manos a cada movimiento.
Uno de los ancianos reaccionó, y casi al instante uno de los asaltantes le propinó una fuerte golpiza, sin cesar de rugir y babear en el proceso. Sus manos estaban ensangrentadas cuando paró, llevándose las manos empapadas a la nariz y olisqueándolas nerviosamente. Muy lentamente el rey cambiante alzó las manos por encima de la cabeza, y resopló con lentitud, de manera apenas audible. Ambos rugientes le miraron por un instante, pero no lo atacaron. Se levantó despacio, y a medida que se fueron alejando él fue avanzando hacia la calle. Lucas intuyó que debía hacer lo mismo, y le siguió con pasos lentos y cuidadosos.
Al principio pensó que era su imaginación, pero el niño pudo oír claramente el jadeo de perros en la distancia.
El rey y el pelirrojo salieron del bus, vigilados celosamente por los rugientes. Al otro lado del vehículo estaban otros, al menos cinco de ellos. Las bestias rugientes formaban un círculo abierto en torno a ellos, y con estudiada calma el rey los fue mirando a todos a los ojos, y Lucas hizo lo mismo. Eran todos hombres, casi todos con manchas de sangre seca en los antebrazos.
De todos el más corpulento , el que estaba de frente a ellos, sostenía un hueso ambariento en su mano a modo de garrote, y dos surcos rojizos atravesaban el rumbo de sus ojos a la quijada. Les miraba expectante, y la mano del arma temblaba, como las de todas las otras bestias.
_Chicos, vaya... Me parece a mi que podemos llegar a un entendimiento amigable aquí. -Habló el rey, en un gesto de calma que nunca dejó de sorprender a Lucas-
_Si tu mueres, -Le respondió el rugiente del garrote, con los ojos más bien fijos en las sandalias del rey, y la cabeza algo torcida en el eje del cuello-, él nos dará--
_Polvo de hadas, lo sé. -El rey tragó saliva, probablemente intuía no poder ofrecerles algo mejor- Pero seguramente puedo hacer por ustedes algo que el sátrapa no.
El del garrote se adelantó hacia ellos, y Lucas volvió a cerrar los ojos. Momentáneamente lo único en su cabeza fue el ruido arrastrado de los pies de aquel rugiente en el asfalto, y como fondo los espasmos e inhalaciones repentinas de los demás alrededor. En lugar de golpe hubo un trueno. Un lugar de dolor hubo un estridente silbato, y entonces ladridos en do menor. Abrió los ojos y tragó saliva, cuatro sabuesos enormes en desbandada hacia las bestias rugientes, y trás ellos una escopeta humeante. El cazador... Susurró el rey, medio alivio y medio hastío.
Lucas vio al del garrote bocabajo en el suelo, y mientras la sangre manaba de su cuerpo sin vida, el resplandor escarlata se apoderaba de las pupilas del niño. Los sabuesos seguían ladrando y espantando a las bestias, que nerviosas, daban manotazos al aire para luego cubrirse el rostro con las manos. Cayó otro por el trueno, y los demás huyeron entre los callejones.
Lllevaba una camisa arremangada a cuadros rojos y negros, pantalones negros y botas de cuero tachonado. Un guante en la mano izquierda, que sostenía el cañón del arma. Con los ojos iluminados, su gesto era distinto del conductor, el anciano de la tienda e incluso del rey. Aquella cara reflejaba una infinita soberbia, la arrogancia de quien juega con la vida y la muerte. Se les fue acercando paso a paso, sus pisadas eran como un goteo, firmes y silenciosas. Paró de caminar estando a unos pasos de ambos, con las suelas de las botas entre la sangre del capitán rugiente. Los perros, ahora libres, andaban de un lugar a otro, olfateando el todo, agitando las colas instintivamente.
_¿Cómo te has venido a dejar atrapar así? -Habló el cazador, con ojos fijos en el rey- Si podrías haberte defendido...
_Defender... ¿Yo? -Replicó el rey cambiante, ahora con una mano en la cintura y el otro brazo suelto libremente a un lado de su cuerpo- Si soy un cordero inofensivo...
_¿Cordero...? Bueno, ya que estamos... -Alzó el cañón de la escopeta, hasta alinearlo con la mirada del rey-
El rey permanecía tranquilo ante el arma. Había sido apuntado y amenazado demasiadas veces en su vida como para temblar, como para no saber como reaccionar. Lucas había mirado primero el arma, pero había encontrado algo más amenazante en el gesto del rey. Ahora los ojos estaban completamente abiertos, menos brillantes y mucho más densos, y su sonrisa había desaparecido entre dos labios que ahora daban el aspecto del acero. Tu sangre es un crimen, incluso antes del decreto fernandino. Nadie puede ser tan libre, dijo el cazador, mientras la escopeta lentamente comenzaba a descender.
Se mantuvo el silencio otro par de minutos, hasta que uno de los sabuesos, el más pequeño de los que acompañaban al cazador, comenzó a olfatear a Lucas, moviendo la cola con especial ahínco. Ahora ambos hombres observaban al niño, al tiempo que el arma terminaba de bajar su ángulo. Edad, nombre y signo, ladró ahora el cazador al pelirrojo.
_Trece, -Comenzó a responderle, luchando un poco con el cachorro que pugnaba por subírsele encima para jugar- Lucas, y soy Aries señor.
_Curioso, -Replícó el hombre de la camisa a cuadros- yo soy Leo, y tu amigo aquí es Sagitario. ¿Dime Lucas, te gustan los perros?
_Si señor, me gustan mucho. -El animal era negro y bastante lanudo, al parecer inconsciente de su propio tamaño.-
_De acuerdo, esto vamos a hacer. -Se rascó la nuca, y miró al rey, que tras echar una ojeada a Lucas, asintió discretamente- Los muchachos y yo ya nos tenemos que ir, pero este perro se ha encariñado más contigo que conmigo, así que te lo dejo quedar.
No añadió nada más, la mirada de absoluta emoción del niño dio todas las respuestas que podría hacer falta. Pasó de largo entre ambos, y con un silbatazo sus otros sabuesos le siguieron por la calle. Lucas jugaba con el nuevo amigo, indiferente a todo, hasta que el rey susurró con reproche, ¿Señor? Aún tenía los ojos bien abiertos, estaba claro que no le gustaba esa persona, fuere quien fuere. Se formó un silencio incómodo. El muchacho se había sentido dominado por la voz del cazador, las respuestas no habían sido totalmente suyas. El cachorro le lamía el cuello al agachado Lucas sin percibir nada, y el rey, tras mirarle durante un par de segundos, recuperó el gesto risueño de siempre.
Vamos a casa, dijo. Enfilaron por la calle, en el sentido por el que iba originalmente el autobús. Hay alguien que quiero que conozcas.
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