Urbanae, Capítulo II

Posted by Jack On 16:02 0 comentarios

La noche estaba allí, pero las luces eran tales y tantas, que ni las estrellas ni la luna podían verse. Para Lucas era otro mundo, un cielo sin estrellas ni oscuridad. Las aceras bullían, y él no hacía sino aferrar la patineta con su mano y caminar, buscando alguna señal, alguna cosa remotamente conocida. En cada callejón intuía mil ojos, y en cada rostro visible no encontraba el menor signo de vida. Intentó hablar, pero las personas del centro parecían ser sordas por completo.

Tenía los pies cansados y mucha sed cuando se sentó junto a la puerta de un restaurante. Se sentó sobre la tabla, con las piernas juntas y el rostro sobre las rodillas.

Escuchó atentamente al murmullo, sólo para notar que dentro de el no había absolutamente nada. Era un grumo de voces muertas, sin vida ni emoción. Como un arrullo, se repetía a si misma, a ratos como adolescente febril, fingiendo sentir, y a ratos adulto egoísta, fingiendo lamentarse.

Pasaron unos minutos casi eternos en aquel vaivén de risas dramáticas y alegría sobreactuada, hasta que alguien de hecho se dio cuenta del pelirrojo sentado. ¿Tienes hambre? Le dijo una voz, abrumadoramente distinta. Abrió los ojos, y allí estaban unos ojos negros que contenían a la noche entera, a la luna y las estrellas. Estaban vivos.

_¿Y bien? -El extraño levantó las cejas, ondeando media hamburguesa en su mano-
_Si. - Bien, susurró el hombre de los ojos nocturnos, y extendió otro poco su mano, esperando hasta que Lucas la cogió y empezó a morderla.- Está rico…

Mientras comía, Lucas encontró el tiempo de detallarle. Tenía las muñecas repletas de pulseras, todas distintas, unas más exóticas y otras menos elaboradas. El cabello negro y muy largo, un poco sucio, pero en líneas generales bastante cuidado. Pantalones cortos negros, apenas más largos que sus rodillas, y unas sandalias de cuero, con un estilo casi medieval. Una camiseta de franjas blancas y rojas, estas últimas bastante gastadas.

Colgaba una sonrisa suave y unos ojos entrecerrados, y a Lucas, todo el conjunto, como persona, le hizo pensar en el viejo velero de su abuelo, sin saber bien porqué.

En el transcurso de aquella cena improvisada, Lucas explicó al extraño todo lo que había pasado. La mañana, Vinnie, y la ciudad. Una metamórfosis, dijo el desconocido. Cosa kafkiana, el instante del declive, en el que pasas de atravesar un cielo azul a volar por tu vida, hostigado por el rifle de un cazador. Lucas no entendía nada, pero se le antojaba bonito. Pronto sólo tuvo la servilleta en las manos, y el hombre le invitó a pasear por la ciudad.

Cuando se hubo levantado, su cuerpo de alguna forma apareció diferente. Su cintura era más delgada de lo que había parecido la primera vez, y de su cadera había un manto amarrado, algo parecido a una media falda, abierta delante. Era una tela de aspecto suave, de un color purpura, llena de estrellas doradas. La melena, ahora también de aspecto más corto, ondeaba a la brisa nocturna.

El extraño sacó una armónica de los cortos, y tocó una tonada melancólica, que a Lucas le dio un gusto a cuento antes de dormir, a abrazo de buenas noches y a tina llena de burbujas. Debatido entre las ganas de llorar y la embargante aura de tranquilidad que tenía el hombre de las estrellas, se fueron caminando entre la gente, de alguna forma contracorriente.

_¿No estamos un poco atravesados? –Le dijo Lucas, preocupado por estar siendo groseros con los transeúntes-
_Preferirían esquivarte mil veces antes de sostenerte la mirada. No quieren existir para ti, ni quieren que existas. -Frunció los labios. Hablaba sin mirar al pelirrojo, buscaba luz en alguna mirada- El aislamiento, les hace sentir seguros.
_¿No quieren existir…?
_No como individuos. Sienten la fragilidad de sus propias existencias cuando les toca ser individuos en un lugar tan… Enorme.

Sus ojos y los de Lucas se posaron en un niño que como todos, caminaba en dirección opuesta a ellos. Como de la edad del pelirrojo, doce o trece años, tenía los ojos apagados y muertos como el resto. Miraba las vitrinas sin mirarlas, con un gorro de lana bordado, la A de anarquía.

¿Crees en los milagros? Susurró el extraño, tras hacer aparecer la armónica una vez más en su mano. Lucas no dijo nada, tenía aquella extraña sensación de querer entender lo que estaba pasando. Al alcanzar al chico, el extraño hizo un solo movimiento, le metió la armónica en el bolsillo de la camisa, y Lucas por un instante creyó que explotaría una pelea.

El hombre de las estrellas siguió andando como si nada, y el chico del gorro lo hizo también, durante algunos pasos. Entonces se giró, Lucas se había detenido varios instantes atrás, y lo vio con claridad.
Sostenía la armónica y miraba a quien se la había dado, con su manto de estrellas doradas ondeando al viento, pero su mirada ahora estaba viva, y cada vez más llena de luz. La hamburguesa vino a su cabeza por un instante.

De como había estado perdido durante algunos momentos, de como el arrullo lo había adormecido, de como Lucas había querido dejar de existir, de lo vulnerable que se había sentido,… ¿Acaso había obrado un milagro en él también?

*     *     *

Todos los conocidos de aquel tío raro tenían los ojos vivos. Habían parado en una tienda de empeños, donde había buscado una vieja cámara instantánea. El dueño era un anciano bastante risueño y bromista, que le había preguntado al menos dos veces por La señora.

Bien, Lucas no quiso ser indiscreto, pero hallaba complicado que un hombre que iba por la ciudad regalando armónicas pudiese estar casado.

Había tomado varias fotos, en una le había pedido a Lucas posar en la pasarela de un puente. Otra de unos indigentes (Si, también posaron y sonrieron), cuyas miradas también se encendieron tras el flash. Paseaban tranquilos, y con el transcurso del tiempo, a pesar de que Lucas logró olvidarlo, había miradas sobre ellos.

Cientos, miles. Ojos que, diferentes de los niños en los antepechos, no les admiraban, les acechaban.

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