Urbanae, Capítulo V

Posted by Jack On 9:14 0 comentarios

Desde el extremo de la habitación y a través de su pelo oscuro, la dama miraba un lienzo en blanco. La mañana se estaba tornando tarde ya, y en el balance de ventanas cubiertas y descubiertas con el que ella había experimentado tanto, la luz se colaba a tonos suaves en el cuarto donde creaba. La música era suave también, a la vez que embriagante, y la batería se hizo marcha cuando cogió las pinturas.

El pincel, como encantado, bailaba y trillaba sobre la piel blanca, pigmentando. Entonces desapareciendo del escenario de las yemas furiosas, que habían pintado girasoles, y cielos estellados, y mares muy profundos, todos profundamente vivos. Todos capaces de evocar el recuerdo más claro y marcado, las cicatrices más oscuras, de un tono cepia nostalgia. ¿Por qué pintas? Le había preguntado el rey una vez. De cuando en ocasión, cuando lo hacía, recordaba aquellas palabras. Si los pájaros volaran por la inercia de volar, lo que hacen no sería hermoso... Vuelan para llegar a un lugar, y la belleza de aquel vuelo es tal, porque en sus ojos cabe el cielo entero, porque sus sueños abarcan el alba y el ocaso.

Describía suaves movimientos curvos con sus dedos, dejando rastros y líneas de pintura, al eco de la voz susurrante que poseía el rey cambiante. ¿Querrías ser mi golondrina? Quizás, si volaras con una razón... Quizás tu abarcarías en tus ojos, al universo entero...

En aquella tarde, sus dedos canela tuvieron un ídilio con los cabellos suaves de la chica a la que apenas conocía. Él la miraba con unos ojos curiosos, maravillados y tranquilos. Habían visto mil cuerpos tal vez, pero cada tarde volvía a descubrir el de ella, con la emoción de un niño. Con los ojos que trazaban mapas invisibles en la piel, con los dedos y el compás etéreo de algún vals, que empezaba y terminaba en el silencio, en cuyas entrañas se escondía el universo. Así la hacía sentir.

Todo lo que tenía cuando aquellas palabras fueron pronunciadas eran bustos y retratos, cosas muy bonitas, pero sólo bonitas. Una tarde, tras volver a conocerse el uno al otro, ella pintó, entre exhausta y contenta, durante algunas horas, y cuando se hubo levantado, él únicamente dijo, está vivo. Con aquella postura tan tipica suya, una mano en la cintura y la otra colgando junto al cuerpo, lo miró durante unos segundos, tragó saliva, y dijo,

Está vivo... Es la nada, y la nada, con el universo completo, oculto en medio, justo a la vista.

Estaba totalmente llena de noches en vela, juntos, en aquella habitación, con una botella de vino y un libro de poesía. El libro, con un girasol pintado sobre la lúgubre portada de cuero, aún estaba allí. Él era humano, y quizás la primera habilidad que había descubierto en si misma era la de sacar esa humanidad a relucir.

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Pasó el tiempo, y el sol siguió su ruta en el cielo. El rey dormía, la dama no. Quería estar con él, por eso estaba allí, pero ella había dormido durante la noche. Con la cabeza en su hombro, ella estaba acostada cruzada sobre su pecho, y las manos canelas estaban en su nuca y su cintura, sosteniéndola donde pudiera escuchar su corazón, con su marcha embriagante. Posiblemente por haber conocido a Lucas ese día, ahora pensaba en como había conocido a su marido. El rey era años mayor que el pelirrojo cuando ella le había visto por primera vez, pero aún no había llegado a los veinte años.

Hacía frío, estaba en pleno un invierno frío, mucho, muy frío.

Los copos caían lentamente, acumulandose en cada calle, en cada esquina, muy despacio helando los corazones. Ahora todo eso parece distante, de la lejana época en la que ambos teníamos nombres. El tiempo de las tonterías y la aceptación, lo fue también. Es sorprendente, aún hoy, como un montón de rubias me convencieron de hacerle brujería a un chico. Amor eterno, que coñazo.

Con los tejanos negros y las botas a las rodillas, la futura dama de valencia tenía los puños metidos en los bolsillos de una enorme chaqueta de diseño militar. Los rizos negros ondeaban al brutal suspiro nevado. Estaba un poco agotada del esfuerzo de caminar en aquel desierto albino, que ahora ahogaba las flores y el cesped.

Obstinadas, marmoleadas lápidas se resistían a ser enterradas bajo los copos. Largas hileras de obeliscos enanos, desperdigados aquí y allá, y a lo lejos, las luces de la ciudad, tenues y ajenas. En el cementerio ese, hay una tumba. Es una adolescente que se mató por un chico, tuvo algún renombre por eso. Si le llevas un regalo, y dejas un papelito con el nombre del chico al que quieres, ella lo hará tuyo.

 Habían insistido mucho, e insegura, ella cedió al plan. Y allí estaba, pasando frío y buscando a la muerta esa, necesitaba a ese chico, a ese... Era casi gracioso visto en perspectiva. Andaba por allí a zancadas, con una ramita en la boca y unas gafas oscuras, bravucón de oficio, hablaba poco y se vivía haciendo poses en todas partes. Una chaqueta de cuero negro y unos vaqueros clásicos, se pegaba con absolutamente todo el mundo. La última vez que le había visto, sus instintos pugílisticos le habían puesto a preparar hamburguesas. Pero aquella noche oscura, de cielo cerrado y suelo diamantino, ella estaba allí.

Alternativamente miraba a lado y lado, en busca de la tumba decorada con regalos. Hubo una ventolera, su cuerpo entero, desde los oídos hasta los huesos, se llenó de vacío y ruido. Cuando el torrente se hubo disipado, sus oídos volvieron a aguzar, por breves instantes el susurro de la tormenta amanió, y ella pudo escuchar todos las voces del camposanto. Una niña lloraba, y otras voces gemían y reían en silencio, alternativamente. Siguió las voces con los ojos, y luego con los pies.

En la esquina formada por los muros de dos mausoleos infantiles, una pequeña, de trece o catorce años, estaba tirada sobre la nieve, de piernas abiertas, hecha un ovillo. A su alrededor había tres chicos inmensamente más grandes, que la miraban a ella, se miraban a si mismos, se preparaban para el banquete. ¿Qué le estáis haciendo? Susurró la chica, en un asalto de inocencia. Las miradas bestiales se clavaron en ella, primero con terror de haber sido encontrados y vistos, luego con la seguridad del número, después de todo, los muertos no hablan.

¡Cogedla, mierdas! Gritó uno de los monstruos, echándose a correr en la dirección en que yacía estupefacta. El ladrido sacó del trance a los otros dos, que le siguieron, trotando furiosamente sobre la nieve. Corrió de ellos, tan fuerte como pudo. La honda nieve le torció el pie, la otra pierna se acalambró, y siguió tan rápido como pudo. Fue decreciendo en velocidad, hasta que las piernas lastimadas y la respiración sólo le permitián arrastrarse hacia atrás. Oh, la inmadurez... Hoy les habría plantado cara, los habría dejado morados a todos.

Las bestias, olisqueando el aire, la fueron rodeando. Tenía la espalda contra una lápida, rematada por la estatua de un ángel agachado. La luna comenzó a aclarar, y aun sin girarse, ella pudo ver en los ojos de las bestias el reflejo. El ángel de la lápida se irguió sobre la piedra, y miró silenciosamente a los tres asaltantes. Estuvo así, y entonces bajó de la lápida, primero poniendo una pierna en el suelo, grácilmente, y luego terminando de dar el paso.

No era de piedra, su carne era de un canela acogedor. Aún hoy, ella no alcanzaba a recordar bien lo que había ocurrido. El miedo la había paralizado, y durante varios minutos tuvo la vista fija en el manto purpura que él tenía amarrado a la cadera.

Se giró, y ella pudo verle a los ojos por primera vez. El cabello negro volaba con la brisa nocturna, y el rostro, rematado en la quijada, presentaba la imagen de un diamante, con ángulos rectos a los lados, y entonces hasta la barbilla. Primero los ojos bien abiertos, luego los cerró un poco, y ladeó la cabeza. La nieve había perdido importancia, el frío se había desvanecido un poco. Se miraban, él apretó los labios, en algo parecido a una sonrisa, que ella sostuvo durante preciosos instantes. Se fueron caminando juntos, y nunca volvieron a separarse en verdad.

Había pasado casi una decada. Había sido a momentos díficil y a momentos mágico, y simplemente eran felices. Había descubierto la manera de tejer ilusiones, había magia en todo lo que ella tocaba con sus dedos.

Ya por completo desperezada, ella se irguió en sus brazos, con las piernas aun recostadas en la cama, y le dio una larga mirada. Pensó otro poco, le besó en los labios y volvió a recostarse sobre él. Eran cerca de la una de la tarde, pronto el dominio del sol empezaría a ceder, y el rey empezaría a despertar.

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Urbanae, Capítulo IV

Posted by Jack On 16:48 0 comentarios

El rey silbaba. Caminaba delante, con un paso algo torpe y algo despreocupado. Las imágenes del autobús se repetían una y otra vez en la cabeza de Lucas, no lograba superarlo, el intenso rojo sangre permanecía claro en sus ojos. Desde aquella perspectiva sus manos se veían abultadas dentro de los bolsillos de sus cortos, dando al manto que caía por sus caderas el aspecto de una cola suave. El cielo nocturno comenzaba a aclarar, y las luces eléctricas poco a poco iban destacando menos en el celeste, las últimas horas de la noche. ¿Que pasa muchacho? Vas muy atrás. Con la cabeza aperfilada, el rey le miraba por el rabillo del ojo. Aquel ojo negro recorrió a Lucas de pies a cabeza, y como intuyendo lo que pasaba, comenzó a hablar, sin dar otro paso, ni girarse.

La ciudad demanda un tributo de todas las personas que existen en ella. De todas las que desean la protección, el concilio. Tragó saliva. Pasa el tiempo, y entre más se deterioran aquellas almas, lentamente comienzan a convertirse en sirvientes.

Hizo otra pausa, sus ojos se desviaron hacia el cielo, y luego volvieron a Lucas. Primero son victimas, eventualmente son victimarios. Empiezan huyendo de los peligros que representa la noche, pero en algún punto ellos se pasan a ser parte de aquellos peligros. Los que vimos hoy son rugientes. La, digamos... Se mordió el labio entonces, el cielo seguía aclarando lentamente, tras lo cual hizo un leve gesto de negación. Estamos ya muy cerca Lucas, vamos.

¿Los sirvientes de quién? La pregunta del niño fue completamente ignorada, y sin remedio volvió a caminar. Siguieron andando por la solitaria avenida, hasta que el rey viró en el callejón lateral de un edificio envejecido. Dentro del edificio subían unas viejas escaleras de servicio, con escalones que crujían a cada paso. El cachorro estaba dormido, y Lucas tenía los brazos sudados por la lana azabache del pequeño. Segunda puerta a la derecha, había un pequeño cuarto con un sillón de cuero negro en el centro, y una pequeña mesita con dos botellas de ron y una de brandy sobre ella. por las ventanas forradas de tablas se colaba la luz celeste anterior al amanecer, y el rey se acomodó en el sillón.

_Ya estamos aquí muchacho, ya estamos aquí. -Lucía cansado, a medida que se hacía de día, el rey cambiante se veía cada vez menos enérgico. Tenía el rostro recargado contra los nudillos, encorvado hacia delante en el asiento-
_¿Es esta tu casa? -Susurró Lucas, colocando al cachorrito dormido a su lado, sentándose sobre la alfombra del salón-
_La tuya también, si ella no tiene problemas con eso. -Le miraba con los ojos apenas abiertos, los pies cruzados y el ceño fruncido de cansancio-
_¿"Ella"? ¿Ahora soy "ella"? -Los ojos del rey, como un relámpago, subieron, junto con los de Lucas. Que justo después dejó caer su quijada un poco-

Recostada contra el portal, sonreía. Esbelta y grácil, tenía el cabello largo y ondulado. Vestía un camisón corto, y sobre el una bata larga, bordada de girasoles. Hola cariño, atinó a decir el rey, con los ojos algo más abiertos. ¿Tienes hambre guapo?, asintió. Ella miró a Lucas, le sonrió, cruzando los brazos sobre el estómago. Él susurró su nombre, y esperó a que ella le respondiera. En lugar de eso se giró y se marchó andando por el pasillo,  seguida de cerca por el rey y el pelirrojo.

En algún lugar del tercer piso había una gastada mesa pintada en celeste, con dos vivos girasoles en un pequeño jarrón. En las paredes había lienzos con valles verdes y flores intensamente vivas. Hacía un poco de frío en todo el edificio, pero estando aquí Lucas lograba sentir un poco de calidez en el cuerpo. Sentía el verano en el cuerpo, sentía como se colaba en sus venas, como le llenaba de aquella energía infantil, los recuerdos son siempre más fuertes que las personas haciéndolas levitar, o derrumbarse, le diría más adelante el rey cambiante.  

Con estudiada práctica, la mujer de los girasoles trajo una cacerola hasta el centro de la mesa, mientras un rey graciosamente adormilado puso la mesa para los tres. La vajilla blanca daba un agradable contraste con las flores y el azul de la mesa. Lucas se sentía a destiempo, llevado fuera de época. Los dos se dedicaban miradas cómplices y risueñas, mordiéndose los labios y luego disimuladamente volviendo la mirada a los platos, mientras el brillo celeste de un nublado amanecer se colaba por la puerta desde otra habitación, resaltando sus rasgos.

_¿Lucas, cierto? -Le habló la mujer, con los ojos fijos en él-
_Si señora, -El niño alternativamente le sostenía la mirada, para luego hundir el rostro en el plato de frijoles rojos-
_Yo soy la dama de valencia, y me encargo de mantener todo en orden aquí, si mi marido no te lo ha contado -Su mano buscó la de Lucas, cogiéndosela suavemente-

Hubo silencio. La piel de la dama era tersa y clara, con un aroma delicado desprendiéndose de ella. Tenía un tacto atrayente, como para vaciar del todo la mente de Lucas, hasta ya no existir siquiera la comida frente a él. El rey también tenía los ojos fijos en ella, lo cual tras otro par de segundos la hizo deslizar su brazo lejos del de Lucas.

La cena, que más bien podría ser desayuno terminó con poco después. El rey se había agotado en solo una cuestión de horas, y razón que hubiere, entre más brillaba el sol, él parecía estar más somnoliento y cansado. La dama le miraba, no alarmada, más bien dulce.

Desde la cama, el chico pelirrojo podía oír claramente. El edificio era complicado y lleno de habitaciones, razón para darle un espacio junto al que ocupaban ellos. El rey sonrió al muchacho, y tras acomodarlo en la cama, lo cubrió con el manto que usaba en torno a su cadera. Pasó algún tiempo más, y pudo detallar el cuarto. La cama no estaba recta con ninguna de las paredes, sino más bien atravesada, como una línea diagonal que saliera de una de las esquinas. Los muros y el techo estaban pintados de azul celeste, rematados con el dibujo de varias golondrinas y palomas al vuelo. Había una ventana, en el muro a la izquierda de Lucas, y en la puerta había dibujada una regla, de esas donde los niños miden su crecimiento.

Cerró los ojos, y lentamente aguzó el oído, hasta poder escuchar a la pareja en el cuarto de junto. Sentía sus susurros, y así imaginaba sus movimientos. Iré a lavar las cosas, que luego se levantan todos y empieza el desfile de quejas.

_No, -Respondió el rey, con voz tenue. Lucas lo imaginaba acostado en una cama algo desarreglada, como el sillón donde había estado antes. Y a ella, a medio camino entre el marido y la puerta- aun tengo un poco de energía, déjame acurrucarte un poco, luego habrá tiempo...
_De acuerdo... -Hubo un ruido leve de pasos, luego el rechinar suave de la cama-

 El susurro mudo de la ropa, y entonces silencio. Abrázame... Juraría haberlo escuchado, pero no sabría si había sido su imaginación. Pasaron los minutos, con dulce calma, y por la cabeza del pelirrojo pasaron mil cosas más. Besos, caricias. Se tocaban las barbillas, se susurraban cosas, se encontraban y se perdían a cada instante. Él no lograba despegarse de aquella piel, como tampoco Lucas había podido antes. Ella lo aprisionaba, lo mordía, para luego pedirle perdón con sus dedos, perdidos en el cabello negro del rey, pero entonces no comprendía si todo había nacido en su cabeza, o en el universo de al lado.

_Si tan sólo estuvieras, un poco más en casa... -Esta si era la voz de la dama, igual al perfume suave que desprendía de su piel- Podrías preñarme de los hijos que me prometiste, al casarnos... -Lucas sintió vergüenza. Estaba solo en su cuarto y ellos no sabían que podía oirlos, pero se sentía avergonzado de estarlo haciendo, acusado por si mismo-
_Si yo estuviera más seguido en casa, querrías que me marchara. -La voz del rey estaba agotada, pero había un dejo de sonrisa en ella-
_Eso es una tontería, -Se sentó en la cama, y ahora le miraba acostado, mientras la mano de él envolvía su cintura, desde atrás- me encanta estar contigo y lo sabes, así que no me vengas con cosas -Su tono se había vuelto más severo, y de pronto había vuelto a decaer-
_¿Estás segura? -Aún sin conocerle demasiado, Lucas imaginaba al rey intentando calmarla. Aún tenía la mano en su cintura, y el pulgar se movía arriba y abajo, apenas a poquitos, acariciándola. De nuevo hubo silencio, pero el muchacho creyó untuir un en respuesta, susurrado tan suavemente, que sólo su estela llegaba al aire. Él tragó saliva, y se sentó junto a ella. Le dio un beso, y le susurró al oído- Ven aquí... Durmamos un poco, ¿De acuerdo? Cuando me levante haremos algo al respecto.


Hubo suspiros, más roce, y luego nada. Algo había entrado bajo la piel de Lucas cuando había tocado la de la dama, sin saber bien qué. Ahora la niebla del sueño lo estaba venciendo, y poco a poco se quedó dormido él también.

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Nothing

Posted by Jack On 16:44 0 comentarios

Caminaban por el centro de la calle, uno a cada lado del rayado.

¿Sabéis que? Estoy mal. Y cuando acabe de escribir esto volveré a empezar y os sacaré a flote el capítulo, pero estoy reventado. NO puedo, no me salen las palabras con la maldita fácilidad de siempre. Esto es porque me falta lo esencial, lo que elude a los ojos. Ese calorcito que se me cuela entre los huesos cuando sé que me piensas, violeta. Estoy que no puedo ni con el peso del cabello, no puedo, coño.

Me siento asfixiado. ¿Sabéis lo que es la asfixia, señores lectores que no conocéis mi existencia, ni la de este blog? ¿Lo sabéis los dos seres lo bastante compasivos como para leerme? Es la pugna mental para mantener el mundo andando. Para no cerrar los ojos y tirarse a la via cuando va a pasar un auto. ¿Y de pronto la pregunta, por que no me le tiro al auto?

Sue-ños. Sueños de tener una familia, hijos, un trabajo malpagado ¡Dios violeta, como has hecho para que yo quiera complicar mi vida con tales ansias!

Los pastos lejanos están llenos de flores.

Tienen ese brillo especial, 
ese fulgor solar.

Se me pierde la vista antes del final,
entre blancas flores de campo.

-Pero al fondo de la nada yazco,
sosténiendo entre dedos sus pétalos.

Su cuerpo, su alma,

descifrando como robársela.

Como robarle su sonrisa, 
para con fuerza acurrucarla-

El sol me hiere,
me hiere sólo mirarte,
sólo rozarte,

me exaspera estar fuera de ti.

Me hiere el aire y la nada,
en la nada que tengo en el pecho,

mi alma -reclama tu alma,

aquel contacto divino
de saberme tuyo,
de saberme dentro y alrededor.-

se cae a pedazos.

Perdonad, todos.

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Urbanae, Capítulo III

Posted by Jack On 16:00 0 comentarios

 El motor del autobús emitía un rumor muy suave. Sentado hacia la ventana, Lucas miraba embobado el serpentear del rayado en la vía. Estaba sentado junto a su amigo recién conocido, quien entre evasivas se había autodenominado el rey cambiante. Este último tenía las piernas cruzadas y el brazo izquierdo a lo largo del espaldar del asiento, y entre sus manos sostenía un libro que decía ser muy bueno, con las tapas desteñidas y los hilos salientes por el lomo. El conductor era amigo del rey, y así también los dos ancianos que iban sentados en otros lugares del bus. Los asientos eran amarillos y rígidos, aunque pretendían ser ergonómicos.

Las luces de la ciudad se sucedían una a una, esquina tras esquina, como preciosos luceros. Los postes, y los letreros brillantes, y los focos de las vallas publicitarias, había demasiado que mirar y muy poco tiempo a la velocidad que llevaban. El niño pensaba cada vez menos en su casa, este mundo le maravillaba y le absorbía de manera completa. A ratos miraba a su amigo, tan sólo detallando sus facciones.

Todo ocurrió en fracciones de segundo, todas las tragedias eran así. Atravesaban un tramo de calle más oscuro, cuando Lucas pudo ver, espasmo por espasmo, como una piedra del talle de un puño volaba a través de la oscuridad. Parpadeó instintivamente, y antes de abrir los ojos sintió estallar al cristal, y los abrió a tiempo para ver caer al conductor de su asiento. Con las manos aún en el volante, al caer el chofer le dio un último tirón, haciendo al bólido estrellarse contra la columna de un edificio. Las imágenes y los sonidos se descompasaron totalmente.

Lucas estaba completamente aturdido, sentía la cabeza tambalearse por si sola. Sólo podía escuchar su propia respiración, sus propios latidos. Dos hombres subieron al destruido autobús. Iban primero iba descalzo y sin camisa, tenía los ojos inyectados de sangre, así como la nariz enrojecida, y unas ojeras carmesíes bajo sus ojos fundidos. Agitaban las cabezas nerviosamente, y les temblaban las manos a cada movimiento.

Uno de los ancianos reaccionó, y casi al instante uno de los asaltantes le propinó una fuerte golpiza, sin cesar de rugir y babear en el proceso. Sus manos estaban ensangrentadas cuando paró, llevándose las manos empapadas a la nariz y olisqueándolas nerviosamente. Muy lentamente el rey cambiante alzó las manos por encima de la cabeza, y resopló con lentitud, de manera apenas audible. Ambos rugientes le miraron por un instante, pero no lo atacaron. Se levantó despacio, y a medida que se fueron alejando él fue avanzando hacia la calle. Lucas intuyó que debía hacer lo mismo, y le siguió con pasos lentos y cuidadosos.

Al principio pensó que era su imaginación, pero el niño pudo oír claramente el jadeo de perros en la distancia.

El rey y el pelirrojo salieron del bus, vigilados celosamente por los rugientes. Al otro lado del vehículo estaban otros, al menos cinco de ellos. Las bestias rugientes formaban un círculo abierto en torno a ellos, y con estudiada calma el rey los fue mirando a todos a los ojos, y Lucas hizo lo mismo. Eran todos hombres, casi todos con manchas de sangre seca en los antebrazos.

De todos el más corpulento , el que estaba de frente a ellos, sostenía un hueso ambariento en su mano a modo de garrote, y dos surcos rojizos atravesaban el rumbo de sus ojos a la quijada. Les miraba expectante, y la mano del arma temblaba, como las de todas las otras bestias.

_Chicos, vaya... Me parece a mi que podemos llegar a un entendimiento amigable aquí. -Habló el rey, en un gesto de calma que nunca dejó de sorprender a Lucas-
_Si tu mueres, -Le respondió el rugiente del garrote, con los ojos más bien fijos en las sandalias del rey, y la cabeza algo torcida en el eje del cuello-, él nos dará--
_Polvo de hadas, lo sé. -El rey tragó saliva, probablemente intuía no poder ofrecerles algo mejor- Pero seguramente puedo hacer por ustedes algo que el sátrapa no.

El del garrote se adelantó hacia ellos, y Lucas volvió a cerrar los ojos. Momentáneamente lo único en su cabeza fue el ruido arrastrado de los pies de aquel rugiente en el asfalto, y como fondo los espasmos e inhalaciones repentinas de los demás alrededor. En lugar de golpe hubo un trueno. Un lugar de dolor hubo un estridente silbato, y entonces ladridos en do menor. Abrió los ojos y tragó saliva, cuatro sabuesos enormes en desbandada hacia las bestias rugientes, y trás ellos una escopeta humeante. El cazador... Susurró el rey, medio alivio y medio hastío.

Lucas vio al del garrote bocabajo en el suelo, y mientras la sangre manaba de su cuerpo sin vida, el resplandor escarlata se apoderaba de las pupilas del niño. Los sabuesos seguían ladrando y espantando a las bestias, que nerviosas, daban manotazos al aire para luego cubrirse el rostro con las manos. Cayó otro por el trueno, y los demás huyeron entre los callejones.

Lllevaba una camisa arremangada a cuadros rojos y negros, pantalones negros y botas de cuero tachonado. Un guante en la mano izquierda, que sostenía el cañón del arma. Con los ojos iluminados, su gesto era distinto del conductor, el anciano de la tienda e incluso del rey. Aquella cara reflejaba una infinita soberbia, la arrogancia de quien juega con la vida y la muerte. Se les fue acercando paso a paso, sus pisadas eran como un goteo, firmes y silenciosas. Paró de caminar estando a unos pasos de ambos, con las suelas de las botas entre la sangre del capitán rugiente. Los perros, ahora libres, andaban de un lugar a otro, olfateando el todo, agitando las colas instintivamente.

_¿Cómo te has venido a dejar atrapar así? -Habló el cazador, con ojos fijos en el rey- Si podrías haberte defendido...
_Defender... ¿Yo? -Replicó el rey cambiante, ahora con una mano en la cintura y el otro brazo suelto libremente a un lado de su cuerpo- Si soy un cordero inofensivo...
_¿Cordero...? Bueno, ya que estamos... -Alzó el cañón de la escopeta, hasta alinearlo con la mirada del rey-

El rey permanecía tranquilo ante el arma. Había sido apuntado y amenazado demasiadas veces en su vida como para temblar, como para no saber como reaccionar. Lucas había mirado primero el arma, pero había encontrado algo más amenazante en el gesto del rey. Ahora los ojos estaban completamente abiertos, menos brillantes y mucho más densos, y su sonrisa había desaparecido entre dos labios que ahora daban el aspecto del acero. Tu sangre es un crimen, incluso antes del decreto fernandino. Nadie puede ser tan libre, dijo el cazador, mientras la escopeta lentamente comenzaba a descender.

Se mantuvo el silencio otro par de minutos, hasta que uno de los sabuesos, el más pequeño de los que acompañaban al cazador, comenzó a olfatear a Lucas, moviendo la cola con especial ahínco. Ahora ambos hombres observaban al niño, al tiempo que el arma terminaba de bajar su ángulo. Edad, nombre y signo, ladró ahora el cazador al pelirrojo.

_Trece, -Comenzó a responderle, luchando un poco con el cachorro que pugnaba por subírsele encima para jugar- Lucas, y soy Aries señor.
_Curioso, -Replícó el hombre de la camisa a cuadros- yo soy Leo, y tu amigo aquí es Sagitario. ¿Dime Lucas, te gustan los perros?
_Si señor, me gustan mucho. -El animal era negro y bastante lanudo, al parecer inconsciente de su propio tamaño.-
_De acuerdo, esto vamos a hacer. -Se rascó la nuca, y miró al rey, que tras echar una ojeada a Lucas, asintió discretamente- Los muchachos y yo ya nos tenemos que ir, pero este perro se ha encariñado más contigo que conmigo, así que te lo dejo quedar.

No añadió nada más, la mirada de absoluta emoción del niño dio todas las respuestas que podría hacer falta. Pasó de largo entre ambos, y con un silbatazo sus otros sabuesos le siguieron por la calle. Lucas jugaba con el nuevo amigo, indiferente a todo, hasta que el rey susurró con reproche, ¿Señor? Aún tenía los ojos bien abiertos, estaba claro que no le gustaba esa persona, fuere quien fuere. Se formó un silencio incómodo. El muchacho se había sentido dominado por la voz del cazador, las respuestas no habían sido totalmente suyas. El cachorro le lamía el cuello al agachado Lucas sin percibir nada, y el rey, tras mirarle durante un par de segundos, recuperó el gesto risueño de siempre.

Vamos a casa, dijo. Enfilaron por la calle, en el sentido por el que iba originalmente el autobús. Hay alguien que quiero que conozcas.

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Urbanae, Capítulo II

Posted by Jack On 16:02 0 comentarios

La noche estaba allí, pero las luces eran tales y tantas, que ni las estrellas ni la luna podían verse. Para Lucas era otro mundo, un cielo sin estrellas ni oscuridad. Las aceras bullían, y él no hacía sino aferrar la patineta con su mano y caminar, buscando alguna señal, alguna cosa remotamente conocida. En cada callejón intuía mil ojos, y en cada rostro visible no encontraba el menor signo de vida. Intentó hablar, pero las personas del centro parecían ser sordas por completo.

Tenía los pies cansados y mucha sed cuando se sentó junto a la puerta de un restaurante. Se sentó sobre la tabla, con las piernas juntas y el rostro sobre las rodillas.

Escuchó atentamente al murmullo, sólo para notar que dentro de el no había absolutamente nada. Era un grumo de voces muertas, sin vida ni emoción. Como un arrullo, se repetía a si misma, a ratos como adolescente febril, fingiendo sentir, y a ratos adulto egoísta, fingiendo lamentarse.

Pasaron unos minutos casi eternos en aquel vaivén de risas dramáticas y alegría sobreactuada, hasta que alguien de hecho se dio cuenta del pelirrojo sentado. ¿Tienes hambre? Le dijo una voz, abrumadoramente distinta. Abrió los ojos, y allí estaban unos ojos negros que contenían a la noche entera, a la luna y las estrellas. Estaban vivos.

_¿Y bien? -El extraño levantó las cejas, ondeando media hamburguesa en su mano-
_Si. - Bien, susurró el hombre de los ojos nocturnos, y extendió otro poco su mano, esperando hasta que Lucas la cogió y empezó a morderla.- Está rico…

Mientras comía, Lucas encontró el tiempo de detallarle. Tenía las muñecas repletas de pulseras, todas distintas, unas más exóticas y otras menos elaboradas. El cabello negro y muy largo, un poco sucio, pero en líneas generales bastante cuidado. Pantalones cortos negros, apenas más largos que sus rodillas, y unas sandalias de cuero, con un estilo casi medieval. Una camiseta de franjas blancas y rojas, estas últimas bastante gastadas.

Colgaba una sonrisa suave y unos ojos entrecerrados, y a Lucas, todo el conjunto, como persona, le hizo pensar en el viejo velero de su abuelo, sin saber bien porqué.

En el transcurso de aquella cena improvisada, Lucas explicó al extraño todo lo que había pasado. La mañana, Vinnie, y la ciudad. Una metamórfosis, dijo el desconocido. Cosa kafkiana, el instante del declive, en el que pasas de atravesar un cielo azul a volar por tu vida, hostigado por el rifle de un cazador. Lucas no entendía nada, pero se le antojaba bonito. Pronto sólo tuvo la servilleta en las manos, y el hombre le invitó a pasear por la ciudad.

Cuando se hubo levantado, su cuerpo de alguna forma apareció diferente. Su cintura era más delgada de lo que había parecido la primera vez, y de su cadera había un manto amarrado, algo parecido a una media falda, abierta delante. Era una tela de aspecto suave, de un color purpura, llena de estrellas doradas. La melena, ahora también de aspecto más corto, ondeaba a la brisa nocturna.

El extraño sacó una armónica de los cortos, y tocó una tonada melancólica, que a Lucas le dio un gusto a cuento antes de dormir, a abrazo de buenas noches y a tina llena de burbujas. Debatido entre las ganas de llorar y la embargante aura de tranquilidad que tenía el hombre de las estrellas, se fueron caminando entre la gente, de alguna forma contracorriente.

_¿No estamos un poco atravesados? –Le dijo Lucas, preocupado por estar siendo groseros con los transeúntes-
_Preferirían esquivarte mil veces antes de sostenerte la mirada. No quieren existir para ti, ni quieren que existas. -Frunció los labios. Hablaba sin mirar al pelirrojo, buscaba luz en alguna mirada- El aislamiento, les hace sentir seguros.
_¿No quieren existir…?
_No como individuos. Sienten la fragilidad de sus propias existencias cuando les toca ser individuos en un lugar tan… Enorme.

Sus ojos y los de Lucas se posaron en un niño que como todos, caminaba en dirección opuesta a ellos. Como de la edad del pelirrojo, doce o trece años, tenía los ojos apagados y muertos como el resto. Miraba las vitrinas sin mirarlas, con un gorro de lana bordado, la A de anarquía.

¿Crees en los milagros? Susurró el extraño, tras hacer aparecer la armónica una vez más en su mano. Lucas no dijo nada, tenía aquella extraña sensación de querer entender lo que estaba pasando. Al alcanzar al chico, el extraño hizo un solo movimiento, le metió la armónica en el bolsillo de la camisa, y Lucas por un instante creyó que explotaría una pelea.

El hombre de las estrellas siguió andando como si nada, y el chico del gorro lo hizo también, durante algunos pasos. Entonces se giró, Lucas se había detenido varios instantes atrás, y lo vio con claridad.
Sostenía la armónica y miraba a quien se la había dado, con su manto de estrellas doradas ondeando al viento, pero su mirada ahora estaba viva, y cada vez más llena de luz. La hamburguesa vino a su cabeza por un instante.

De como había estado perdido durante algunos momentos, de como el arrullo lo había adormecido, de como Lucas había querido dejar de existir, de lo vulnerable que se había sentido,… ¿Acaso había obrado un milagro en él también?

*     *     *

Todos los conocidos de aquel tío raro tenían los ojos vivos. Habían parado en una tienda de empeños, donde había buscado una vieja cámara instantánea. El dueño era un anciano bastante risueño y bromista, que le había preguntado al menos dos veces por La señora.

Bien, Lucas no quiso ser indiscreto, pero hallaba complicado que un hombre que iba por la ciudad regalando armónicas pudiese estar casado.

Había tomado varias fotos, en una le había pedido a Lucas posar en la pasarela de un puente. Otra de unos indigentes (Si, también posaron y sonrieron), cuyas miradas también se encendieron tras el flash. Paseaban tranquilos, y con el transcurso del tiempo, a pesar de que Lucas logró olvidarlo, había miradas sobre ellos.

Cientos, miles. Ojos que, diferentes de los niños en los antepechos, no les admiraban, les acechaban.

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Urbanae, Capítulo I

Posted by Jack On 15:46 0 comentarios

Era casi media noche cuando Lucas despertó. Sentía ligereza en brazos y piernas, extrañamente, los dolores que le habían aquejado largamente ahora estaban por completo desvanecidos en él. Apretó los dedos de las manos, y sintió el tacto conocido de aquella chapita metálica, un collar de perro. Fue abriendo poco a poco los ojos, y se encontró con aquella cara conocida, aquel rostro suave y frágil, cargado con la tarea más dura imaginable, el ángel de la muerte.

_Lucas... -Musitó lentamente, acariciándole el pie por encima de la lana. Sus labios temblaban, tenía los ojos vidriosos- Yo...
_Está bien, -La cortó con su voz ronca y susurrante- el momento es el momento...
_Aún así, aún así, yo.... No quiero...

Se hizo un largo silencio entre ellos. ¿Cómo podría el anciano Lucas explicarle lo mucho que amaba la vida, lo cruel de aquel desamor del envejecimiento? ¿Cómo podría decirle que había estado muriendo a lo largo de su vida? Cada día que había hecho brisa y no había podido correr con una cometa, algo había muerto en su interior. Ahora, a la media luz de la habitación, el viejo fruncía sus cejas, intentando recordar el sabor del algodón, y aquella triste figura junto a él en la cama, con el alma destrozada y el cuerpo refugiado entre dos alas negras, no paraba de derramar lágrimas sobre sus calcetines, simplemente desconsolada.

_¿Crees qué podría verlos otra vez? -Lucas rompió el silencio, ahora con algo que pretendía ser una sonrisa pícara-
_Quizás...
_Vamos, -Alzó la mano arrugada por encima de su rostro, y cuando su palma se llenó de luz, cerró el puño, y extendiéndolo hacia ella, susurró una vez más- te daré este fulgor si haces esto por mi...

Muerte dibujó una sonrisa en el rostro, y fue entonces que las lágrimas reventaron en su rostro. Se arrastró sobre la sábana, hasta estar recostada sobre Lucas. Se recogió el cabello rubio con una mano. Su otra mano apretaba el hombro del viejo, y a medida que las negras alas le fueron cubriendo, la inocencia, la sonrisa dulce y expectante, simplemente la niñez, volvió al rostro apagado de Lucas.

Las plumas tenían un tacto suave y agradable, y un poco más cada vez, y al desvanecerse entre ellas, sentía un extraño vacío, tibio y frío a la vez. Por supuesto que podemos volver atrás, querido Lucas.... Sólo por una noche.

*     *     *

Allí venía el sol, con sus largas colas de fuego, y su rostro solemne. Ascendía entre las casas, a veces tan juntas como para extinguir la luz, a veces tan distantes que el amanecer hecho estanque, se proyectaba frente a ellas. Cientos de personas adultas avanzaban como autómatas por las calles, ignorando la luz y la belleza, buscando la oscuridad de los túneles y la desesperanza de los cubículos. Al fin y al cabo, el resguardo de la rutina. Un caluroso día de verano amenazaba en el horizonte, mientras que al torrente de gentes le sucedió el de no menos indiferentes niños.

Unos jugaban en las calles, otros les miraban desde los antepechos, esperando alguna aventura digna de ser recordada. El sol fulguraba en aquel cielo de media mañana, mientras los callejones rápidamente se convertían en escenarios aislados de una comedia infantil. Y piratas, y bárbaros, y policías tomaban sus papeles en el júbilo inmortal de la niñez. Un pecoso par de ojos verdes acechaban desde los matorrales, buscando la menor oportunidad.

Frente a ellos se extendía un campo baldío, en cuyo centro había un viejo poste de luz gastado. Dos esmeraldas fijas en un poste de madera cubierta de afiches igualmente viejos y perdidos. Aquello que tienen en común los políticos y sus afiches, que pasadas las elecciones ambos se degradan y deforman, exponiendo su naturaleza artificial y pérfida, como alguien le diría tiempo después. Con el blanco despejado y un gesto feroz, el niño salió a toda marcha, agitando mechones rojos como llamaradas todo el camino. Fue una cosa de nanosegundos.

Tenía los puños apretados y corría frenéticamente, sin pensar en ninguna otra cosa en el mundo. Las agujetas de sus botines se estremecían con la misma fuerza que el pelo, y tras unos pasos otra figura apareció por su derecha, corriendo hacia el poste con la misma frenesía. ¡Un dos tres por Lucas! No se inmutó, siguió corriendo. La alarma no era una sorpresa, el sobresalto lo había dado al ver aparecer a Vinnie. Con el pelo más corto y de un azabache reluciente, en los ojos de una pequeña que los miraba de su ventana, parecían dos caballos intentando rebasarse.

El mundo, entero, con todos sus mares, y amaneceres, y renaults y matisses, se reducía únicamente a estos tres segundos. Primero, los pies apenas tocaban el suelo, y el retumbar absorbía a cada persona, aun sin saberlo. Segundo, el latir sordo de los corazones descompasó al tiempo, las imágenes y los sonidos ya no se correspondían. En el tercero se hizo la paz, habían tocado al mismo tiempo.

Como un trueno, el sonido llegó un segundo después del final. Se miraban las caras, y en las ventanas y la calle se iban agolpando los niños. Los otros que ya habían sido atrapados, y esos que eran espectadores.

_¡Yo he ganado! -Vinnie se adelantó, a sabiendas de la prioridad de hablar primero- Yo he tocado antes, ¡Y lo sabes!
_¡Que! -Lucas se indignó genuinamente, tenía las fosas nasales anchas y los ojos encendidos- ¡Que vas a haber tocado primero! ¡Paparruchas!
_¡Tramposo! -Gritó Vinnie a un suspiro de su rostro- ¡Eres un oso oso, tramposo!

La audiencia toda miró estupefacta. Ese tipo de acusaciones no se hacían a la ligera. No, no señor. En lo general esa misma audiencia se hubiera decantado por alguna de las partes, pero habían tocado al mismo tiempo. Ahora se miraban las caras, confusos, sin entender bien qué hacer. Una carrera al centro, dijo alguien. Nadie nunca había ido solo hasta tan lejos, y esas carreras eran una medida drástica para definir conflictos.

_El primero en acobardarse pierde -Añadió Lucas, sinceramente esperando que Vinnie se acobardara allí mismo y ganar de una vez-, así sabremos quién es el tramposo.
_Bien -No se acobardó-, una carrera con patines.

A cada acera estaba uno de los dos, con un pie en la patineta y el otro en el concreto. Se miraban a momentos, y a momentos a la pista. Era una avenida en bajada que servía para empezar, pero la vista se perdía mucho, mucho antes de alcanzar el centro. Había una brisa suave acariciando los rostros, y el cielo ofrecía su gesto más claro y despejado. Lucas estaba un poco asustado, pero prevalecía el deseo de ganar. Pura y simplemente, ganar. Vinnie hizo un movimiento hacia adelante, seguido al unísono por uno de Lucas. Cogieron vuelo, volvieron a coger vuelo, y les siguió el ronroneo irregular de las ruedas contra la superficie.

Ya empezaba a caer la tarde sobre la ciudad. Vinnie andaba con los brazos sueltos hacia abajo y las piernas poco separadas. Intentaba actuar tranquilo, patinar como lo hacía su hermano. Lucas, algo más libre, tenía un brazo hacia adelante, como si cortara el viento, como si volara entre las fachadas de las casas, y llevaba aquel mismo gesto feroz de la mañana.

La hilera de casas juntas se acabó, dando paso a una vista al paisaje lejano de edificios reflejando fulgores amarillos. Las torres subían enormes, con fachadas de cristaleras ahumadas. Era hermoso, y ambos intentaron no demostrar el asombro, pero Vinnie no pudo evitar un suspiro pequeñito. Las tablas daban saltitos imperceptibles sobre la calle, ahora que las calles inclinadas de los suburbios empezaban a dar paso al pavimento de calidad que había en el centro. Poco a poco iban apareciendo coches y más coches, algunos más nuevos que otros.

Fue cuando la tarde comenzó a volverse noche que Lucas se vio cada vez un poco más atrás que Vinnie. Sin la pendiente, la fuerza de sus pies para coger vuelo se mostraba menor que la del chico que iba con su hermano a patinar casi diario. Nunca hagas lo que esperan de ti. Aprende a sorprender a esos bastardos, otro consejo que recibiría más adelante. Lucas miraba a Vinnie, completamente seguro ya de la victoria, intentando obligarlo a quedarse atrás. Lucas se mordió el labio inferior, y se agarró con las manos al guardafangos de un taxi que estaba apenas rebasándole.

La próxima vez que Vinnie le miró fue con sorpresa, era Lucas quién en cuestión de instantes le estaba dejando atrás, ahora con el gesto feroz de la victoria en los ojos. El chico de pelo negro se detuvo, había llegado demasiado lejos, y al último miró muy quieto la enorme sonrisa de Lucas. Este olvidó casi por completo la situación, y se mantuvo aferrado al taxi en lugar de soltarse. Este aceleró y aceleró, impidiéndole soltarse en absoluto.

Sintió asombro, al ver como ahroa estaba más allá de cualquier territorio conocido. El taxi viró en varias esquinas, pero Lucas estaba demasiado emocionado como para recordar los giros, o alguna cosa. Hipnotizado, sólo escapó al trance cuando el taxista se percató de su presencia y le dedicó varias amenazas soeces por el retrovisor. Dio algunos pasos hacia la acera, y al mirar a su alrededor, la belleza desapareció súbitamente. Estaba perdido, y un enorme rumor de voces, y una marejada de gente y coches en cada lugar no hacían sino perderlo y confundirlo más. Había anochecido.

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Urbanae [Indice]

Posted by Jack On 15:39 0 comentarios

Cuando Tolkien, Dario o incluso Baudelaire escribieron, acudieron a un sinnumero de recursos mitológicos o folkloricos para llenar sus obras. Eso ya estaba un poco fuera de sitio en la época, pero existieron en mundos donde había un contacto, una especie de, cordón umbilical hacia ese pasado. Hacia los lugares y los mundos donde esos mitos nacieron, y hacia la parte real que existía en ellos.

La cosa es, quizás no es el caso de todos, pero yo crecí en una ciudad donde los árboles son escasos y al sol lo tapan los edificios, y en esas circunstancias, me parece poco real seguir hablando de la venus y los elfos y ares y otro montón de cosas de las cuales, cuya única percepción tenemos, es a su vez la percepción de otra persona, que fue la percepción de otra persona, y así hasta un punto en que no existe nexo real. Puede que sea la única persona que lo ve de esa forma, pero me definí a crear imágenes, seres nuevos para la poesía, o al menos mi poesía.

Es decir, una especie de neomitología o neofolklore, más en contacto con el mundo donde se desenvuelve la vida hoy día, la ciudad. Y, como espina vertebral de eso, está este proyecto literario, esta historia donde se conjugan esos personajes nuevos.

No es necesario, (O al menos eso intento) compartir mi tesis poética para poder disfrutar del relato (Si acaso el relato puede disfrutarse en absoluto), estoy haciendo lo posible por drenar de el los excesos de mensajes e ideas profundas, y los mensajes que hay, no encadenarlos en testamentos enormes. Es decir, me concentro en que ocurran cosas, y no simplemente en que se digan cosas. Hay también un determinado enfoque en cuanto a la descripción de los lugares y el aspecto de los personajes, bien, porque está como materia subyacente el que el relato se está escribiendo para presentar los lugares y los personajes, y así hacer más sencillo el digerirlos cuando se los encuentre en poemas.

Urbanae, por Jack

Capítulo I - Metamórfosis
Capítulo II - Pequeños milagros
Capítulo III - Lazos que unen
Capítulo IV - Madame D´Valenç
Capítulo IV - SideB
Capítulo V - Golondrina

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